
Sin el amor genuino, la relación sexual se vuelve egoísta y frustrante, sin realizar su verdadero propósito y sentido. Muchos pasajes bíblicos insisten en esta realidad. Muy dramático es el relato de Amnón, hijo de David, que se enamoró locamente de su hermana Tamar (2 Samuel 13). Como ella no respondió a sus avances, Amnón la engañó con un truco y después la violó a la fuerza. Una vez logrado su vil propósito, dice el texto, “el odio que sintió por ella después de violarla fue mayor que el amor que antes le había tenido” (13:15). Sexo sin amor termina en desprecio y odio; sexo con amor sincero y compromiso mutuo, es la voluntad de Dios y trae bendición y vida.
Un segundo propósito del sexo, que debe reconocerse y respetarse, es el placer erótico. En su sabiduría Dios ha asociado dos funciones fisiológicas humanas, el comer y la reproducción, con grandes estímulos sensuales. El Creador no hubiera diseñado un sistema tan complejo de estímulos y respuetas, de anhelos y satisfacciones, si el placer que produce fuera contra su propia voluntad. Dentro del debido compromise personal, este placer debe disfrutarse en su plenitud, con acción de gracias al Creador.
Un tercer propósito del sexo es, obviamente, la procreación. Sin embargo, lejos de ser el definitivo “fin natural” que justificara los demás fines, es de hecho el menos importante. Un matrimonio, debidamente casado y que produce cada año un niño, pero que no se aman ni disfrutan mutuamente del placer sexual, es un matrimonio que no está realizando la voluntad de Dios. En cambio, una pareja por alguna razón impedida de tener hijos o que por razones justificadas planifica su procreación, pero que se aman sincera y profundamente, no sufre ningún desmedro debido sólo a la falta de los hijos. Por otra parte, una pareja que se ama pero que se cierra al deleite mutuo que tanto ensalza el Cantar de Cantares, tengan o no hijos, no está realizando la visión bíblica del sexo. Se les recomienda leer juntos el libro de Cantares, de noche en la cama, a la luz de una romántica candelita.
Dr.Juan Stam
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